Alejandra Fernández es periodista, investigadora y escritora. Vive en Necochea (Argentina), a donde emigró su abuelo Manuel Fernández desde una aldea de Galicia.
Nos
habla de su primer libro Terruños,
que trata de genealogía y de una historia familiar que se esconde detrás del fenómeno
de la emigración.
Le pregunto por el origen de la investigación, la búsqueda, el
viaje a Galicia, el libro, la escritura, la 2ª edición, lo que queda después de
la investigación... y más.
—El origen de la investigación. ¿En qué momento
nació la necesidad de investigar quién había sido realmente el abuelo Manuel
Fernández y cuáles eran sus orígenes.
—Siempre
me interesó la historia familiar, prestaba atención a los relatos de mi madre y,
juntas solíamos revisar antiguos álbumes de fotografías. Pero, tras el
fallecimiento de mi padre en 1996, sentí la necesidad de conocer más sobre los
orígenes de su familia, en particular de su papá español que falleciera en 1948
y del que teníamos poca información.
—Dices que en la familia se sabía muy poco de él y
que desconocían incluso el lugar exacto de su nacimiento. ¿Qué fue lo primero
que encontraste y qué te hizo pensar que aquella investigación podría llevarte
mucho más lejos de lo que imaginabas?
—Así
es, lo único que sabíamos era que había nacido el 28 de mayo de 1884 en La
Coruña, pero desconocíamos el lugar exacto. Además, mi padre contaba que el
abuelo había luchado en la Guerra de Africa y había recibido una medalla por su
actuación. Eso era todo lo que conocía de su vida en España.
Lo
primero que logré ubicar fue su legajo militar y fue un verdadero hallazgo:
conocí el lugar exacto de nacimiento, los nombres de sus padres, hasta su
altura y color de ojos.
Nunca
supe hasta dónde podía llegar, pero a cada paso me sentía más motivada y aumentaba
el deseo de conocer su tierra natal.
—Hubo algún momento durante esos años de
investigación en el que pensaste que no conseguirías encontrar a la familia
gallega de tu abuelo?
—En
varias ocasiones me ganó el desaliento porque era bastante improbable que,
luego de casi cien años de silencio y ausencia, pudiera encontrar familiares de
Manuel, tampoco sabía cuántos hermanos había tenido. Solo sabía que uno de
ellos, Jesús, había partido a Cuba y otro, Ramón, había emigrado a la
Argentina. Con los descendientes de este último teníamos contacto, pero tampoco
sabían nada de su historia. Al parecer el dolor los hizo guardar silencio.
—En cuanto a la investigación, empezaste con muy
pocos datos y terminaste reconstruyendo una parte importante de la historia de
tu familia. ¿Qué herramientas o fuentes de información fueron fundamentales
para avanzar en esa búsqueda?
—En
primera instancia traté de reconstruir su vida en la Argentina: acta de
casamiento, nacimientos de sus hijos y su defunción. Tampoco pude determinar la
fecha en que llegó al país por lo que decidí avanzar con el árbol en FamilySearch.
Otra herramienta fundamental fueron los grupos de genealogía en Facebook.
—¿Qué fue más difícil: encontrar documentos y datos
o conseguir reconstruir, a partir de ellos, la historia humana que había
detrás?
—Como
vivo a miles de kilómetros me resultó bastante difícil conseguir documentos
porque no todo está en línea. En esos grupos encontré personas que me
orientaron en la búsqueda y uno de ellos, Ignacio Espiño, me puso en contacto
con descendientes de la familia Fernández Espiñeira. Con el primero que hablé
fue con Manolo Cotos, un primo segundo, y a través de él conocí a Áurea Sánchez
que me hizo llegar su libro La Parroquia
de Grixalba (A Coruña). Población y modos de vida, y con ella mantengo una
linda relación de amistad. Gracias a cada uno de ellos pude comenzar la
reconstrucción del grupo familiar de mi abuelo.
—Cuando finalmente pudiste poner nombre y rostro a
personas que hasta entonces eran prácticamente desconocidas para tu familia,
¿qué sentiste?
—Me
sentí inmensamente feliz y agradecida, y cada vez más segura de que estaba en
el camino correcto. Ponerle nombre y apellido a mis antepasados y ubicarlos en
ese gran árbol genealógico también me permitió saber que todos somos
importantes en ese entramado. Y al fin estaba conociendo mis raíces.
—Galicia y
el encuentro. Tu investigación genealógica terminó llevándote físicamente a
Galicia. ¿Cómo imaginabas la aldea de tu abuelo antes de conocerla y qué
sentiste cuando finalmente viste la casa donde había nacido?
—Llegar a su aldea, que es Sante, en la parroquia de Grixalba (A Coruña), fue un sueño cumplido y la manera que encontré de honrar su memoria. Me emocioné mucho al ver las ruinas de la casa donde nació, y saber que entre esas gruesas paredes de piedra habitó mi familia. Antes de viajar había recorrido esas pistas con Google Maps, pero nada se compara con pisar su tierra natal.
—¿Qué
significó para ti caminar por los mismos lugares que había recorrido
Manuel Fernández tantos años atrás?
—Sentí
que estaba cerrando una larga historia de ausencias y silencio. Sufrieron los
que se fueron y también los que quedaron. Durante mi estadía hice largas
caminatas por las aldeas cercanas y estuve alojada en A Pena Grande, donde se ubica la iglesia
parroquial y donde fue bautizado mi abuelo. Siempre me sentí como en casa.
—¿Fuiste recibida por los descendientes de la
familia Fernández Espiñeira. ¿Cómo te recibieron los descendientes, esas personas
que, hasta entonces, formaban parte de una historia familiar desconocida para
ti?
—Antes
de viajar establecí contacto con dos de mis primos segundos y me estaban
esperando. Desde el primer momento me hicieron parte de la familia, mostraron
interés por conocer mi historia y me ayudaron a seguir haciendo crecer nuestro
árbol genealógico, ahora con datos más precisos, contados por los
protagonistas.
—¿Sentiste que estabas recuperando solamente una
historia familiar o que, de alguna manera, estabas recuperando también una
parte de ti misma?
—Al
reconstruir la historia familiar y ubicarme en ese nuevo universo sentí que la
morriña del abuelo se diluía, sanando heridas del pasado. Me reconozco en cada
uno de ellos y agradezco ser parte.
—Terruños. Este libro no es solo un relato
genealógico: contiene fotografías, documentos, infografías, relatos, poemas y
notas personales ¿Por qué decidiste construir el libro de esta manera tan
visual y diversa?
—La idea original fue hacer un libro artesanal, un
legado para mis hijos, pero la investigación fue tan gratificante que quise
compartir mi experiencia y motivar a otros a buscar sus orígenes. Me pareció
que la inclusión de fotos e infografías hacen más sencilla su lectura y atraen
al lector. Además, incorporé relatos y poemas escritos años antes en los que hacía
referencia a la inmigración, la guerra y la familia.
—Lo defines como un «cuaderno de notas», ¿qué te aportaba esa forma de contar la
historia frente a una narración más convencional?
—Lo
plantee como un cuaderno de notas porque me pareció que así se logra un tono
más cercano con el lector, como si se lo contara con un café de por medio.
—¿En qué momento comprendiste que aquella
investigación podía convertirse en un libro y no quedarse simplemente como un
archivo familiar?
—Cuando
el árbol comenzó a crecer pensé que si contaba mi experiencia, el paso a paso
de mi recorrido, podría aportar un granito de arena a aquellas personas que
buscan a sus antepasados y que no tienen mucha información.
—La segunda edición. La primera edición fue
publicada en 2021 y en septiembre de 2025 apareció una versión ampliada.
¿Qué había quedado fuera de la primera edición que necesitabas contar?
—En
la primera edición traté de plasmar el recorrido hasta llegar a determinar los
orígenes gallegos de mi abuelo. Con la versión ampliada quise darle un cierre a
este proyecto. En este caso relato mi viaje a Galicia, el encuentro con mi
familia, los lugares que visité y la gente que tuve el gusto de conocer.
—La segunda edición incorpora las vivencias de tu
viaje de 2021. ¿Cambió tu manera de entender la historia de tu abuelo después
de haber estado físicamente en Galicia?
—Aquel
viaje cambió definitivamente mi forma de ver la vida. No conocía nada de la
vida del abuelo y regresé sabiendo cómo se vivía en la Galicia rural, las
costumbres de su gente, sus necesidades. Todo eso me permitió vislumbrar lo que
habrá significado para él abandonar su aldea para venir a esta tierra lejana y
desconocida.
—Inmigración y memoria. El subtítulo del libro es Los
puentes de la inmigración. ¿Qué puentes has descubierto tú a través de esta
investigación: familiares, geográficos, culturales, emocionales…?
—Cuando
una comienza a armar el árbol va construyendo puentes y reconstruyendo lazos. Se
recuperan vínculos familiares y los límites geográficos tienden a desaparecer y
hoy siento que el mar nos une. Regresé a casa emocionalmente fortalecida,
también trato de cuidar y sostener los vínculos que creé con la gente de Galicia.
—Tu historia parte de un inmigrante gallego que se
instaló en Argentina y termina con sus descendientes regresando, décadas
después, a Galicia. ¿Crees que la genealogía puede convertirse también en una
forma de reconstruir la memoria de la inmigración?
—Entiendo
que es uno de los caminos más genuinos para reconstruir la memoria de los miles
de inmigrantes que se vieron impelidos a dejar su tierra y perdieron contacto
con los suyos.
No
todas son historias felices, la de mi abuelo siento que no la fue. Y todas esas
pequeñas biografías hacen la historia.
—¿Qué crees que buscan realmente las personas
cuando investigan sus raíces: conocer el pasado o comprender mejor quiénes son
en el presente?
—Creo
que se comienza a investigar para conocer cómo vivieron y quiénes eran nuestros
antepasados, pero ese conocimiento nos transforma y aprendemos a aceptar los
hechos del pasado sin juzgar.
—La escritora detrás de la genealogista. Antes de
Terruños ya habías publicado poesía y participado en antologías. ¿Qué tuvo de
diferente escribir un libro nacido de una investigación familiar?
—La
poesía fue un camino de aprendizaje, aunque siempre tuve más inclinación por la
narrativa. Hasta que emergió mi rol de investigadora-genealogista y con Terruños pude contar una historia
personal que necesitaba compartir.
—Un
poema es capaz de transmitir o condensar muchas emociones, en sus versos se
pueden volcar los sentimientos que genera un documento civil o eclesiástico que
sólo es un dato frío.
—Durante la pandemia coordinaste un grupo de
escritura colectiva y de aquella experiencia nacieron «enlazados y abrazados». ¿Qué lugar ocupa la escritura compartida
en tu trayectoria?
—Ese
fue una herramienta para mantenernos unidos en medio de la incertidumbre por el
Covid-19. Fue mi primera y única experiencia de escritura compartida. Actualmente
trabajo junto a un grupo de escritores, organizando actividades
culturo-literarias y asisto a talleres de escritura.
—Dices que con Terruños has podido dejar un
legado a tus hijos y tus nietos. Si dentro de muchos años uno de ellos vuelve a
abrir el libro para conocer a Manuel Fernández, ¿qué te gustaría que encontrara
entre sus páginas?
—Cuando
alguno de ellos recorra las páginas de Terruños
descubrirá quiénes fueron sus antepasados y conocerá que la familia de mi
abuelo no tuvo escudo de armas ni castillo, pero nos dejó la herencia de su
sangre con valores que aún se conservan.
—Empezaste buscando a un abuelo del que apenas
conocías sus orígenes y terminaste encontrando una gran familia gallega que te
recibió con los brazos abiertos. ¿En qué momento sentiste que ya no estabas
solamente investigando el pasado de Manuel, sino construyendo una nueva
historia familiar?
—Cuando
me abrazaron sentí que estábamos recuperando un vínculo que se había
interrumpido vaya a saber por qué motivos, ahora está en nuestras manos
sostenerlo y hacerlo crecer.
